domingo, 30 de octubre de 2011

NOSCE TE IPSUM


Una de las primeras cosas y actitudes que nos enseñan en nuestra infancia es a no mentir, ése pecado que significa el faltar a la verdad, te puede llevar al infierno, nos decían nuestros padres y abuelos; me acuerdo que si decíamos la verdad, nos regalaban un caramelo, o nos dejaban jugar con el juguete más querido.
Nos enseñaron a no falsear la verdad, teníamos miedos de que alguno se entere, que si mentíamos, tenias que confesarlo, el infierno nos esperaba; recibíamos el castigo de la soledad, encerrados en el dormitorio para reflexionar lo que habíamos hecho.
En esos momentos de reflexión, de introyección en uno, era cuando nos conocíamos y aprendíamos a hablar con nosotros mismos y una pequeña voz, que venía de nuestro interior, nos perdonaba; siempre nos perdonaba; nos salvaba de ir al infierno.
Es por aquellos años, donde aprendí a perdonarme y decirme que nada era tan grave, que el exilio de uno mismo, es la muerte. Aprendí a valorar la muerte como parte de la vida y la mentira como parte de la verdad. Aprendí que cada uno tiene su verdad, según como se pare ante el mundo, mirando la vida según su realidad.
La verdad es verdad desde el punto de vista que se la mire a la verdad o a la mentira; y a lo largo de los años uno aprende que cada uno tiene su verdad dependiendo desde su punto de vista. Por ende, cada uno tiene su verdad y cada uno tiene su mentira.
El decirse la verdad, el comprobarse que se procura estar en la verdad, el convencerse que no existen únicas verdades, el ser franco con uno mismo y tener la posibilidad de moverse, de correrse de su verdad para observar y entender la verdad del otro, lo defino como empatia.
Las personas que defienden su verdad con la vida misma, los llamo fanáticos, fanáticos de una verdad que es relativa, porque no existe la verdad absoluta, son solo relatividades de una realidad y el fanático sufre al ver que los otros no pueden ver su realidad absoluta y son capaces de matar para que el otro abra los ojos a su verdad.
Sabiendo que no hay verdades absolutas, las realidades se dirimen en las inútiles luchas entre los fanáticos y los empáticos; siendo éstas luchas desparejas porque un empático nunca mataría por su verdad, pero si el fanático. Mientras el fanático está enceguecido por su verdad, el empático tiene los ojos abiertos para poder hacer ver, la lucha de verdades continua siendo despareja, porque el empático ve y siente lo que el fanático no puede ver, sentir ni pensar.
El empático corre peligro de vida si trata de decir su verdad, decir veraz, parresia. Tenemos el ejemplo de Jesús de Nazaret, o del mismo Sócrates que fue obligado a tomar cicuta, recordemos que Mahatma Gandhi fue asesinado al igual que Martin Luther King por decir verdades a una sociedad fanatizada.
Ellos son claros ejemplos de la empatía asesinada por fanáticos que no podían ver, por sufrir de parresia.

Ellos llegaron a auto conocerse encerrados en ellos mismos para saber y luego divulgar la verdad relativa que tuvieron en su corazón y lo dejaron plasmado en acciones que deberían habernos enseñado que el fanatismo de muchos es la muerte para los empáticos.
Para ser parresiasta se debe ser sincero con uno mismo, desde lo más profundo. “Nosce te ipsum” rezaban las leyendas de los antiguos egipcios, pitagóricos y socráticos. El conócete a ti mismo, en el verdadero saber de la humanidad y cuando uno llega a conocerse a sí mismo, indefectiblemente se abren las puertas para conocer a los otros, saber que pasa y llevar la ardua tarea de hacer que el fanático abra los ojos.

José Luis Senlle
www.jsenlle.blogspot.com